viernes, 25 de marzo de 2022

Soy contradicciones nivel... (en construcción permanente)

  • ...estoy en contra del aborto y de la pena de muerte, pero a favor de la eutanasia y, obviamente, del suicidio. 

  • ...a mis 'treintas' sigo chupando dedo, pero qué oso uno con cuarenta andar diciendo "holi", "upsi". 

  • ...creo que no sirvo pa' un culo, pero estoy convencida de que no hay nadie como yo (en el sentido ególatra de la expresión).

  • ...digo gonorrea a diestra y siniestra, pero uso eufemismos para desingnar ciertos significantes de la anatomía humana. 

  • ...creo que la salsa es música del diablo, pero la bailo divinamente.

  • ...quisiera que la ropa no me quedara tan grande (soy talla petite), pero me pongo las camisas de mi hermano (talla M de hombre). 

  • ...me parecen terribles los tatuajes, pero estoy loca por hacerme dos.

  • ...odio Radio Tiempo, pero amo a Santiago Cruz, a Morat, a Fonseca y a Andrés Cepeda. 


Telegramas postcovid

 


domingo, 7 de febrero de 2021

Fracturada

Una vez escribí 10 cosas que me chocaban de Tinder, sin pensar ni un segundo que son más las que verdaderamente odio de los manes con quienes he hecho match. Exacto, la app no tiene la culpa; de hecho, en muchas ocasiones ha permitido reconciliarme con la escritura, el arte a través del cual he legado mi historia. Esta es una de esas ocasiones. 

El 31 de diciembre fui una de los tantos autodenominados empoderados, resilientes, warriors, que nos prometimos que este año no habría ni una sola tusa. Y por mi parte, ya van 2. En serio que no sé cómo lo logro. 

Una de ellas coincidió con la lectura del libro de Neuman titulado Fractura. ¡Qué premonición!, pues "un terremoto fractura el presente, quiebra la perspectiva, remueve las placas de la memoria”, frase sublime que puede aplicarse a lo que causan los desamores: la rabia, la inseguridad, el sentimiento de rechazo, el caos donde “se [reitera] en silencio esa fórmula entre la aritmética y la pesadilla”, agregaría Neuman. 

Aunque mi drama no se monta en la tarima de la atrocidad de Fukushima -uno de los temas del libro-, este también entra en la categoría del horror perfecto: empezó y terminó en un parpadeo. 

Lectores de lapavanavia, ustedes mejor que nadie saben que mi modus operandi es colectivizar los perjuicios tras privatizar los beneficios, ¿verdad? Entonces, aquí les va el final de una historia cuyo sinsabor no fue por algo que me hubieran quitado, sino porque casi nunca lo había tenido: un encuentro sin sexo, que acabó en el silencio, ese maldito ghosting, tras el robo de muchos besos y una chaqueta (chamarra, blazer, gabán, whatever; por si las dudas), y de nuevo la errónea sensación de que me faltaron 5 centavos pa'l peso. Eso es todo; no necesitan conocer el principio, tres citas antes.  

 


martes, 28 de julio de 2020

Un cuento chino

Enero de 2020. La pandemia era apenas una epidemia, nada más que un cuento chino, tan chino como el que les relato a continuación.

Basada en no sé qué evidencia -que estoy segura de que no fue más que una coincidencia-, mi amiga Royero me convenció de hacer un ritual de esos en los que no solamente no creo, sino que me parecen herejes: tenía que escribirle una carta a la Luna. Así que para no ir en contra de mis principios, dirigí la carta al creador de todos los astros, a Dios todopoderoso (el mismo que no les dio alma a los perros), responsable de que esa noche hubiera un fenómeno que aquí le llamamos superluna.

Según mi amiga, era el momento de pedirle a la supuesta deidad (la Luna) el hombre de mis sueños. De acuerdo con lo que le habían contado, no se podía escatimar en detalles, pues en la precisión estaba el éxito del ritual. Prueba de ello era su colega, quien había "pedido" al que hoy en día es su esposo.

Hoja en blanco, lápiz en mano, me di a la tarea de textualizar por primera vez en la vida las características que deseo ver en una pareja. Entonces, pedí al compañero de vida con quien sueño: mi amor, mi amigo, mi cómplice, mi apoyo, mi complemento, mi polo a tierra; un hombre con quien quiera vibrar cada segundo de mi existencia y construir una descendencia. Un tipo ante todo respetuoso, divertido, comprensivo, alentador y empático.

Pero como el ritual implicaba tener en cuenta hasta el más mínimo detalle, me tocó darle rienda suelta a una tracamanada de estereotipos con los que crecí: 1) un man con un credo católico para que se congregara conmigo y recibiera la comunión tomándome de la mano (y al lado escribí que quería que fuera "libre pensador y con filiaciones políticas de centro". Yo sé, #IncoherenciaNivelYo); 2) cuya formación estuviera entre las humanidades, las ciencias sociales y las artes; 3) que trabajara en una universidad; 4) que tuviera un puesto bien remunerado; 5) que le gustaran los quehaceres del hogar, sobre todo cocinar; 6) que fuera disciplinado y responsable, limpio, saludable y bilingüe (lo de "limpio" le ha dado risa a mucha gente, no sé por qué).

Seguía sin ser suficiente; tenía que decir físicamente cómo lo quería, porque, de lo contrario, la Luna no ejecutaría mi petición. Quienes me conocen desde chiquita, saben cuál es mi "prototipo", así que no necesito entrar en detalles; pero mencionaré los justos para el desenlace de esta historia: "Ojos cafés (y, obvio, el resto de la escala), boquita y nariz proporcionales al rostro, con pestañas largas, cejas expresivas, orejas como tú sabes que me gustan [se supone que la Luna, o Dios, pues, conocen mis fetiches], dedos largos y uñas como las mías, barbadito, hasta con aretico, que le guste el rock, que ame hacerme el amor como sea, que sus besos clasifiquen en mi top 5 [¡sorpresa!, tengo un top 5 de besos], buen lector, con amplia cultura general".
Y también escribí que fuera sexy y que no hablara mal de nadie.

La carta la puse encima de la fuente del patio trasero de mi casa, para que el astro la leyera.

Días más tarde, un lunes de la coronilla a la Divina Misericordia en la iglesia de Tequendama, justo después de misa, me encontré con uno de los asesores jurídicos de mi U. ¡Adivinen qué pensé! Sí, que era el enviado. Y qué susto el que me pegué cuando, esa misma semana, nos tomamos un café. Es que no podía ser tanta la coincidencia: ¡era católico, como lo había descrito! Yo sé que también había pedido un sinfín de cosas -sobre todo físicas- que el tipo no tenía, pero al parecer, el impacto hizo que mi cerebro las omitiera.

Mi sorpresa se tornó en confusión cuando mi yo humano, finito, imperfecto, bruto, salvaje, terrenal no creía que ese fuera "EL TIPO" -en especial por las cejas, que no eran ni expresivas, ni ni mierda-, pero si el de arriba lo había mandado, quién era yo para contradecirlo. El man era un rezandero de Padre y Señor mío (y lo digo con todo respeto, pero también con toda reserva), de Rosario en el cuello y pulsera con los X mandamientos en la mano; trabajaba en una universidad, sin embargo consideraba que la academia era peligrosísima porque comulgaba con discursos afines al comunismo y al feminismo, enemigos de la Biblia, sobre todo porque el papel de la mujer estaba bien especificado en el Génesis; inteligente, sí, pero pretencioso y humillante; además, cero compasivo con el pensamiento ajeno: se regocijaba contándome cómo mataban ratones en no sé dónde, a pesar de insistirle en que se callara que eso me hacía sufrir. Ajá, y se vendía como todo un siervo.

Mas si ese era el enviado por Dios en propiedad de la Luna, ¿quién era yo para cuestionarlo? Así me tocara renunciar a la masturbación y al sexo premarital, porque faltan al sexto mandamiento.

Sí, ese creía yo que era el enviado; un enviado que más tarde me contaron que estaba separado de una esposa con la que después parece que volvió. Pero tranquilos, que nunca pasó nada; mi confusión pronto se convirtió en rabia cuando el tipo pasó por mi oficina y se refirió despectivamente a la zarigüeya que tengo de adorno. Y, además, le salí a deber porque le dije "bruto", que eso no era ninguna "rata". Afirmó que oraría por mi salvación. Jamás me lo volví a encontrar. Luego, pandemia y ajá.

El tiempo pasó; junto con él, el confinamiento obligatorio -el aislamiento inteligente nunca llegó-, el cuento de los pares con los impares y del mismo modo en el sentido contrario, la amenaza de un pico, la enfermedad en conocidos y desconocidos, la muerte de los más vulnerables y la incredulidad de los más soberbios. Entre tanto, conocí a alguien en una plataforma por la que no doy ni un centavo, es decir, en la que no creo ni mierda. Días después nos agregamos a WhatsApp, y cuando la conversación se agotó, le pregunté que si él también tenía ombligo; luego hicimos muchas sesiones de rondas de preguntas, nos inventamos códigos, nos reímos, también nos enojamos (no entre nosotros; todavía no), y un día de junio nos conocimos.

Cuando el psiqui supo de la dichosa carta a la supuesta Luna, casi me capa: el hecho reforzaba su teoría de que me encanta ir a comprar pan a la zapatería y me emputo porque ahí no venden de eso. (El que lo entienda, que me explique, que lo de las parábolas no se me da muy bien).

Y lo menciono para decir que nadie puede armarse al gusto de nadie; somos como somos, y reconocer que el otro es un ser humano con cualidades y "defectos" es adulto, es maduro. Manolete (como llamaremos al man con el que estoy sablando [saliendo/hablando], para resguardar su identidad por aquello de la ley de protección de datos) misteriosamente calza en muchos, muchos de los detalles de aquella carta, pero disiente de otros tantos que no escribí: él tan punk y yo tan pop; él tan gato y yo tan perro; él tan reservado y yo tan expresiva; él tan objetivo y yo tan cinta; él tan 'rudo' y yo tan dulce. Así que no creo en el man que uno pide con puntos y comas; creo en la persona que llega a la vida de uno para algo, y en que es una decisión conjunta -basada en el amor propio y el autorrespeto- empezar a hacer camino y a reconocer al otro en la diferencia. Creo en un man que aprecie mis ocurrencias y no pontifique sobre mis locuras, entre ellas mis mood swing; y que él también quiera compartir generosamente su ser.

Ahora bien, no sé si sea Manolete -la verdad, lo dudo-, ¿pero qué certezas hay en este año, que todos los que están leyendo esto jamás imaginaron vivir?




sábado, 23 de mayo de 2020

Furtivos fragmentos de un pastiche desesperado de cuarentena

Anoche el espacio se curvó. Las ganas giraron placenteramente el cerrojo de nuestra voluntad y desafiaron la gravedad; yo no quería despedirme y él no quería olvidarme. La consciencia puso los minutos en suspensión: me moví como el viento, mientras él dominó la perversión de mi alteridad.

Las palabras saben 
siempre cuál es la dirección.

domingo, 29 de marzo de 2020

Y los sueños, sueños son

4 de noviembre de 2019
En la pierna tenía una especie de granito. Y yo me lo espichaba, y él se abría y salía un material como masilla, como rosada, como si fuera el músculo, y yo iba haciendo una bola, cual plastilina. Y me espichaba y sacaba más, y más y más. Y me hice un hueco, cuya superficie estaba tapada por la piel, como si fueran los pétalos de una flor, y ese hueco dolía, y sangraba. Iba a ir al médico, y seguramente me tenían que coger puntos.

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5 de noviembre de 2019
Soñé con mi mamá, otra vez; ella no estaba bien, otra vez. Estábamos en un paseo familiar, como en un resort campestrísimo. Salíamos de la "maloca", después de comer, e íbamos a ir hacia otro lugar; yo quería adelantarme, para "volarme" (supongo) porque me iba a encontrar con alguien. Entonces, le dije a mis papás que no fueran a bajar por la loma; sin embargo, cuando apenas iba media cuadra adelantada, vi que mi mamá se asomaba a la punta de la loma y, trin, se caía, pero ya en ese momento la loma había dejado de ser loma y era como una casa de títeres. De nuevo (porque ya en otro sueño, ella se había lastimado de la misma manera), se golpeaba muy fuerte el codo. Yo me devolví, angustiadísima, obviamente, y la cargué, esta vez como bebé, mientras hablábamos de su dolor, y supongo que íbamos hacia el médico. Yo le echaba la culpa a mi papá porque no la había contenido, sino que la había dejado irse por ahí. Ya en esa parte del sueño, él no aparecía. 

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23 de noviembre de 2019
Estaba de vacaciones con mi familia -en un plan muy similar al del crucero. Donde yo me estaba quedando a dormir era una especie de hostal, que antes había sido una casa de un narco, o sea que allí llegaba a pernoctar un resto de gente, y entre la gente había un cuartel de 'lavaperros', siempre ahí. Una de esas noches (que no era realmente una noche, sino que era de día), llegué y los lavaperros me llamaron para que me sentara a una mesa en la que estaban. Así fue. Uno de ellos me preguntó que si me acordaba del mono (uno de ellos); contó que lo habían tenido que 'despedir'. Yo, muy tranquila, hice una expresión como de "ah..., vea pues". En esas me dijeron que listo, que chao, así muy supernormal, y trin: me pegaron un tiro. Entró por el costado izquierdo, yo creo que perforó el corazón, el pulmón... Sentí el impacto caliente; después, cómo iba perdiendo fuerza. Les decía que por favor me sacaran de la casa (más o menos que me pusieran en el antejardín para que me vieran afuera, supongo que mi familia), que no le negaran el deseo a un moribundo. Pero cuando dije esto último, me lo hicieron repetir porque ya casi no se me escuchaba. El caso fue que supe que me iba a morir, y mientras eso sucedía, yo misma me decía: "¿Eso no era lo que querías? ¿No es lo que siempre has querido?". Pero al mismo tiempo sentía una tristeza pronfunda, de pensar en todo lo que ya no iba a hacer con mi familia.

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7 de enero de 2020
Estábamos en un parque acuático, que previamente era la universidad (pero físicamente tenía las características de mi colegio). Llegando a la portería me encontré con las piscinas, y justamente estaban haciendo el show de las orcas. Al lado de las piscinas grandes, dos pequeñas; estaban algunos niños, y en el medio habían puesto a una orca de 5 días de nacida, "porque no representaba peligro". Yo estaba al margen, al lado de la nana de unos chiquis, con quien me puse a hablar. Cuando, de repente, los niños empezaron a pelear por la orca: que a abrazarla para tirarla a la piscina, que a tocarle la boca... Ese animal se ha emputado y, trin: atacó. Yo no vi qué pasaba, yo di media vuelta. Tampoco vi cuando los entrenadores llegaron y se la llevaron. Pero cuando volteé, la piscina estaba roja. Le arrancó la mano al mocoso, seguramente.

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Plano horizontal vertical en febrero
Con ganas salvajes, de esas que me hacen morder los labios, lo empujé hacia la pared. Los dos sabíamos de qué iba, así que no hubo mucha resistencia de su parte. Nunca habíamos estado tan hambrientamente cerca. A nada de su boca, pero sin atreverme a besarlo, le desabroché el jean. Sentí su verga; dura. Él quería decir algo, pero no lo dejé hablar. La cogí con mi mano derecha, y mientras lo seguía mirando a los ojos, la subía y la bajaba. 

miércoles, 14 de agosto de 2019

Mi primer día de universidad

R E L A T O    A N E C D Ó T I C O 

El primer día de universidad, este sí que será para recordar. Primero, dizque mis papás me querían llevar. ¡No!, qué boleta, llevando la bebé a la guardería. Entonces, terminé cogiendo un Papagayo ruta 7, cuyo conductor me aseguró que sí iba para la Autónoma. ¿¡Y adivinen qué?! Terminé en un potrero, en la m, cerca de Popayán yo creo, por donde no pasaba ni una mosca, y ni modo de tirármele a un carro, porque de dónde.

El bus en el que me monté volteó como quien va para Ciudad Jardín y sus adentros, y ahí fue la primera vez que pensé: “Más adelante hace el retorno”. Pero siguió y siguió: Javeriana, Icesi, y otra vez dije: “Por aquí, más adelante hace el retorno”, y nada. Cuando ya estaba extremadamente fuera del perímetro urbano, y que entendí que definitivamente nunca iba a hacer el retorno, me bajé de ese hijueputa, histérica y asustadísima (entenderán: sola, un potrero, primer día de universidad, ya eran casi las ocho de la mañana, hora a la que entraba), y me pasé para el frente a ver qué me devolvía a la civilización. Sin embargo, ningún bus me llevaría: por ahí no pasaba nada que bajara hasta la Autónoma. Un alma caritativa encarnada en un colectivo me arrimó hasta la Icesi y ahí cogí un Coomoepal que me dejó en la puerta de mi universidad.

Aunque no lo crean, hasta ahí no había llamado a mi mamá; puro autocontrol cada que se me aguaban los ojos: “Maria, no vas a llorar, no es un problema muy grave, en últimas no entras y listo. No pasa nada”. Ya cuando me enruté hacia la U y vi que eran como las ocho y cuarto y que sería reconocida por “la que llegó tarde”, no aguanté más: me puse a chillar (llorar es una palabra muy decente para lo que hice) y llamé a mi mamá, ¡y de paso la acusé de haberme montado en un bus que me había llevado a un potrero! Era la responsable de que yo me hubiera perdido (aunque la verdad es que el bus lo había parado yo, ¿no?).

“Mamá, no te vayás a preocupar, no te vayás a azarar, ni me vayás a hacer escándalo, ni a armar problema, pero no voy a ir a la universidad”, le dije, aunque ella siempre sostuvo que mis palabras fueron que nunca iba a volver a la universidad. Ahí más o menos a punta de charla barata intentó calmarme, ¡pero qué va! Llegué a la universidad con la nariz roja, con la boca hinchada y con los ojos chiquiticos. Menos mal que no habían abierto el auditorio donde teníamos la inducción. No obstante, si no fui “la que llegó tarde”, fui “la que llegó llorando”.


miércoles, 17 de julio de 2019

Cómo tirarse una prueba de admisión con dignidad en 10 pasos

1. Decídase a estudiar.

2. Busque una universidad que por lo menos aparezca en un ranking mundial y que publique cositas divertidas en Instagram.

3. Escoja qué es lo que va estudiar e inscríbase en la prueba de admisión, un examen genérico que evalúe hasta su razonamiento cuantitativo, que no tiene nada que ver con la carrera a la que se está postulando.

4. Créase un genio, cualidad que todos a su alrededor le han dicho que tiene, en especial su psiquiatra.

5. Estudie, estudie y siga estudiando, así no entienda un carajo, para que el día de la prueba no se sienta como un culo porque no tiene ni puta idea cómo responder alguna pregunta "básica", que seguramente YouTube en cabeza de Julio Profe y otros tantos le explicó pero usted nunca entendió.

6. Muy importante: para atenuar lo anterior, pídale también a sus más cercanos (amigos y familiares) que le ayuden a entender las soluciones a los ejercicios de práctica; así, si no lo ayudan (por razones lógicas: quién va a pensar porque sí), le puede echar la culpa a alguien más (fuera de usted mismo) cuando le salga la misma pregunta en el examen y no sepa cómo putas responderla.

7. Espere los tantos días que le dijeron para conocer los resultados, usted verá si con el Cristo en la boca.

8. Cuando llegue el comunicado, no se asombre al saber que no quedó en Administración de empresas (o algo afín), porque no fue a eso a lo que se inscribió.

9. Siga sin asombrarse al corroborar que aunque no quedó en eso, sí pasó a lo que se había matriculado.

10. Y, por favor, jamás le cuente a nadie que la prueba de admisión a su maestría la pasó arrastrando por obra y gracia del Espíritu Santo.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Basorexia*

Hay Estados que son fallidos; el estado de ánimo, por ejemplo, y eso determina la esperanza de vida, y yo diría más bien que “la esperanza en la vida del ser humano”. ¿Por qué? En palabras raras, porque hay una deslegitimación de la figura -el Estado; por ende, del estado-, que produce un cataclismo que corroe cualquier posibilidad futura. Y en palabras normales, porque cuando alguien lo enciende en vano a uno, todo pareciera ser una gonorrea.

Hoy quiero desahogarme yo y ahogar este despecho; tener un desamor de cinco minutos, los cinco minutos que dure cualquier canción de Café con aroma de mujer. Escribiré de lo que me duele, porque es la época de la saturación del yo y porque el dolor es la singularidad que nos concierne a todos en una sociedad hipersexual, hipocondriaca, neurótica y de enfermedad colectiva como la tuza.

Así que utilizaré el discurso para paliar este dolor tan gonorrea que siente mi ego, agujero negro adicto a la dopamina que genera la mezcla entre lo furtivo y lo peligroso; lo utilizaré para publicar. Lo siento, pero todos necesitamos un espacio heroico para justificar nuestra existencia psicópata y exponer a esos bastardos que osan irse (no venirse) cuando la piel ya está ardiendo.

Entonces, brevemente (porque no hay nada que contar), he aquí la historia: si me hubieran dado cinco minutos más, esas puntas de los dedos que se buscaban conscientemente, esas miradas que fueron capaces de sostenerse en la provocación, esos mentones que no sé qué tan por error se juntaron, esas manos que de repente recorrieron mi espalda, habrían complacido mi depravación. Pero el teléfono sonó.

Un beso no se le niega a nadie, ¡¡menos en la semana del día 14!!

*parafilia que detona las repentinas ganas de besar a una persona. El deseo es tan fuerte. que incluso puede generar un orgasmo (Glamour.mx).

viernes, 30 de noviembre de 2018

Otra primera vez

Ese día en la rumba, me había pasado de tragos, y ya estaba en la etapa en la que la gente le dice a uno “NO-TE-AGUANTO-MÁS”; así que como nadie quería prestarme atención, me dio por textear a este man, el protagonista del milagro. Y le escribí, le escribí y le escribí (bien intensa, eso sí) hasta que me llamó, media hora después me recogió y me llevó para su casa. 


Aclaro: el tipo era una persona que me encantaba, me fascinaba, pero a quien solo veía ocasionalmente; de besos no habíamos pasado nunca, aunque esa noche estaba segura de que el tipo, no me iba a hacer el favor, me iba a hacer el milagro, porque veinticuatro años y virgen…, ¡ni que fuera la más fea! Sin embargo, cuando llegamos a su casa puse toda la resistencia del mundo hasta para bajarme del carro –que sí, pero si me bajaba cargada–, también para entrar a la casa ­–que ok, pero si me daba agua con gas; solo con gas–, y obviamente hasta para subir al cuarto: recuerden, estaba ebria y uno se vuelve más terco que de costumbre. 

No obstante, de distracción en distracción, llegué a su cama, detrás de una guitarra que tenía en sus manos, que porque yo quería aprender. Poco a poco, cuando ya no había más distractores que me alejaran de sus besos, la cosa empezó a ponerse seria y él me empezó a quitar el jean. En ese momento, con la sonrisa más cínica que jamás haya podido poner, le dije que perdía su tiempo, ¡porque, total, no iba a pasar nada! Literalmente, nada. ¿Que por qué? Como ni por muy borracha que estuviera el “soy virgen” me salía, entonces empecé a divagar en algo que no estaba lejos de la realidad: “Porque me voy a sentir utilizada, porque sí, ¡y por mil cosas más!”. 

Y fue en ese momento que la cosa se puso dramática: según él, esa era la última vez que nos veíamos –así no nos viéramos casi nunca–, y que no era porque estuviera enamorado de mí –como de manera convencida se lo insinué–, sino que lo hacía por él. Claramente, yo no estaba preparada para protagonizar tal drama esa noche, pero ahí seguíamos: él, su tragedia y yo, que estaba segura de que no iba a pasar nada y aun así lo ayudé a desvestirme. ¡Y a qué no adivinan qué ocurrió! 

¡Qué dolor tan hijo de p&%@! (Quienes sepan de qué hablo, me excusarán por tan bello adjetivo porque lo justificarán completamente). De repente, un “¿tú eres virgen?” (creo que más de sorpresa que de pregunta) rompió con mis quejas; y luego siguió, cautelosamente pero siguió, porque total “eso tenía que pasar algún día”. De soportable, la situación se volvió irremediablemente insufrible, además porque él seguía repitiéndome ‘tiernamente’ que no nos íbamos a volver a ver en la vida. 

“Ahora” quería que me vistiera porque no le gustaba que amaneciera y que él estuviera aún despierto, así que me iba a llevar en ese instante a mi casa. ¿Y yo? ¡A mí qué me importaba! Yo estaba bien ahí, ¿para qué me iba a vestir? Pero él insistió e insistió, hasta que dijo lo que no debió haber dicho nunca en su vida (por lo menos no a mí): “¿Si te regalo una canción, te vistes”? Y resulta no era propiamente una canción, sino que era “Te regalo una canción”, de la agrupación Poligamia. 

Cuando me dio por vestirme empecé a llorar, así como para ambientar la amalgama entre su drama y mi dolor. La verdad es que nunca supe si la canción fue coincidencia o si fue escogida, nunca supe si me la estaba cantando a mí, a la que en ese momento dejaba de existir. 

jueves, 20 de septiembre de 2018

Me gusta en cuatro



Mi depresión severa parece que se ha convertido en mi carta de presentación: soy paciente psiquiátrica desde 2012, tomo 50 mg de un recaptador selectivo de la serotonina y desde hace casi cuatro años voy a psicoterapia particular una vez a la semana. Como bien podrán suponer, ya me siento cansada, y – sobra decir– que estoy cansada de estar cansada.

Tranquilos, ¡no me voy a quitar la vida! Esta no es una carta de despedida; por el contrario, espero que sea una de bienvenida. Hace poco me hicieron un test de eneagrama, y resulta que soy un eneatipo Cuatro; así que, por favor, entiéndanme. Esperen, ¿no saben qué es eneagrama? O sea, #CulturaGeneral: descubrimientos de la #PsicologíaModerna basada en la sabiduría espiritual, ¡todo un #TrendingTopic! ¿Nada? Ok, ok, les contaré: el eneagrama es un sistema de clasificación de la personalidad, que sirve para potenciar el conocimiento sobre uno mismo, haciéndonos conscientes de los patrones automáticos que comandan nuestro carácter.

Hay nueve tipos de personalidad, y según gurús como Don Richard Riso y Russ Hudson, el mío se define por patrones que lo hacen sentirse a uno como una víctima trágica: nadie me entiende porque soy diferente, por eso creo que nadie me quiere y me siento sola así esté con mucha gente a mi alrededor. Soy un eneatipo Cuatro: una ensimismada melancólica, que aunque me falta algo, no sé qué es; me encanta –aunque me duela– perder infinidad de tiempo imaginando conversaciones que suceden en mundos paralelos, me desmorono con excesiva facilidad y soy obsesiva con mis sentimientos negativos.

No suena nada bien, ¿cierto? Lo bueno es que todo eso ya lo había reconocido en mí después de muuuuchas sesiones con el terapeuta; lo malo es que no he logrado que el psiquiatra me dé de alta, porque sigo sin saber (o sin querer descubrir) de dónde provienen la rabia, el rencor, el odio que me han conducido a la depresión (según la teoría de Freud).

Como parece que aún tengo intacto mi instinto de conservación, busqué un especialista en psicología transpersonal para que me ayudara a hacer algo con este dolor crónico que todos sentimos cuando estamos mal. En un ejercicio guiado, cerré los ojos y me encontré de frente con mi ego, mi villana interior; un desagradable ser individualista que no le gusta seguir órdenes pero tampoco tomar el mando, que todo el tiempo está buscando un salvador que lo rescate del abandono al que cree que todo el mundo lo somete y cuya compulsión más profunda es la envidia… envidia de la tranquilidad y la seguridad emocional que aparentemente sí tienen los demás.

Y ese es el Cuatro, ese soy yo y seguramente muchas de las personas que están leyendo esto: un Cuatro que no está sano. Sin embargo, resulta que cuando el Cuatro está bien, es un creativo nato, sensible, expresivo, de valiosas capacidades autoanalíticas; y, como los demás tipos, es un ser de luz que merece liberarse de los aspectos negativos de su personalidad para conectarse con su verdadera esencia.

Ese Cuatro también soy yo. Por eso, sigo explorando diversas estrategias terapéuticas para mi desarrollo personal, para saber cómo sentirme cada vez menos rota: inteligencia emocional, que llaman; esa con la que parece que no todos nacimos. Y siento que el eneagrama es una muy buena herramienta.

miércoles, 29 de agosto de 2018

La obra de la humanidad: en construcción


Hoy por hoy, sin duda, el mundo está cambiando; sin embargo –y quizás sea osado lo que diré a continuación–, a un precio bastante hipócrita, que ha dejado guerras, luchas y mucha sangre. Podríamos empezar diciendo que se jacta de haber abierto su mente, de haber aceptado que todos somos diferentes. No obstante, todos sabemos que sigue operando un modelo aplastante y que quienes detentan el poder les interesa mantener esa hegemonía que está de su parte.

Hay que tener en cuenta que cuanta más gente haya, más problemas, más desigualdades, más injusticias habrá. Podríamos decir, pues, que la utopía estaría en extinguir casi la totalidad de la población, controlar excesivamente la natalidad y preservar la homogeneidad. Pero no sería sensato. La realidad es la que hoy estamos viviendo y sobre ella hay que reflexionar.

En nuestros días, a la luz de los movimientos que están cuestionando –y derrumbando– el mundo contemporáneo, hablar de justicia, redistribución o reconocimiento no es sólo la cuestión. Podríamos cuestionarnos hasta dónde podemos llegar en la reivindicación de la diferencia, y cómo –en esta medida– mantener el universalismo jurídico, la unidad política, las naciones unidas, los ideales modernos como la libertad, y de qué manera hacer justicia a los principios que demandan polos tan opuestos.

Por lo pronto, como autora de este escrito, sé que la respuesta no está en la redistribución como única solución (cuando la solución es la redistribución, tal como lo sugiere Fraser en De la redistribución al reconocimiento), pero tampoco en un reconocimiento a secas (cuando la solución, según la misma autora, es el reconocimiento).

Entremos en materia: somos testigos de una obsesión por la igualdad, y a la vez los movimientos que nacen con el discurso multiculturalista de la postmodernidad reivindican las particularidades que hacen diferentes a los seres humanos; pero no las articulan, por ningún motivo, con todas aquellas similitudes que nos hacen iguales (como un religioso diría: “hijos de Dios”).

Por lo tanto, y retomando lo que sustenta Sartori, a mi parecer estamos retrocediendo frente a la tolerancia que habíamos alcanzado. Los “diferentes”, como víctimas, piden que se acepte la diferencia y discriminan la igualdad, y en esa medida condenan que la igualdad, como victimaria, quiera atenuar aquellas particularidades.

¡Qué injusticia! es la expresión que a diario más repetimos. Para empezar, entonces, es importante tener en cuenta que la justicia se reclama en todas las escalas; claramente todos –absolutamente todos– en la vida nos hemos sentido víctimas de alguna injusticia. La injusticia no solo es para unos cuantos ni para los considerados como más vulnerables por carecer de algún tipo de poder (determinado histórica y, por ende, culturalmente). Y que, como ya lo mencioné, la solución a la injusticia no solo es redistributiva sino que tiene que ver también con el reconocimiento e incluso con el respeto.

¿Pero qué es la justicia y qué hace que una sociedad sea justa? La justicia hace parte de los sistemas morales que la cultura va configurando y en la cual debería apoyarse el sistema de leyes que posibilitan la vida en común. La justicia es una categoría moral de la política, que introduce la igualdad. Y en este caso la equidad es un asterisco en la igualdad: es decir, lo justo correspondiente.

Para Kant, está la exigencia de que la política se sometiera al derecho y este a la moral: por encima del derecho positivo está la moralidad política, el punto de vista moral que orienta el sistema jurídico y político. Por su parte, Aristóteles concluye que la justicia es una virtud social, en justicia se aplica el principio de igualdad, es el argumento de cohesión y la armonía de la vida en sociedad. Es evidente que la justicia trata de resolver problemas que ha traído la civilización, entonces –y por último–, para Rawls es claro que con ella se llega a solucionar problemas de la vida social.

De acuerdo con lo anterior, ¿cómo ser justo? Podríamos insinuar que “a cada quién según lo que la ley le atribuye” (Nozick), o “a cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad” (Marx), o mejor –digo yo– “a cada quien según su mérito”, puesto que tratar a todos por igual, equivale a ser injusto. O qué tal como diría Rawls: estar todos en el mismo punto de partida, con las mismas condiciones, las mismas oportunidades, el mismo acceso, para que todas aquellas injusticias –producto de una herencia de la historia y el azar, hoy por hoy reafirmadas por la cultura– dejen de llevarse el protagonismo.

¿Cómo ser justos con cada grupo, con cada cultura –como ellos se denominan? Como Rawls, en este caso, pienso que debe haber unos mínimos que han de respetarse, y sobre los cuales la justicia pueda basarse; unos mínimos que converjan en un “acepto” pese a las diferencias. Claro está que no al estilo del liberalismo porque esa es una tolerancia disfrazada. Entonces, en este punto la reflexión da un giro: ¿cómo una sociedad habitada por una multitud de concepciones de vida buena puede encontrar un punto común? ¿Cómo se podría encontrar una teoría de la justicia si entre esos grupos que reivindican sus particularidades no hay acuerdos, y cómo coincidir en lo que es moralmente correcto si no hay consenso sino un profundo disenso?

Como ya se ha dicho en múltiples ocasiones, se ha construido un discurso que  postula que todos no somos iguales, pero merecemos que se nos trate como iguales; no obstante, sentimos que necesitamos que se nos reconozcan nuestras particularidades. ¿Cómo escapar de esta trampa si ya está claro que privilegiar la igualdad para combatir la desigualdad invisibiliza la diferencia?

La redistribución. Algunos creen que si todos tuviéramos lo mismo, no habría desigualdades, no habría injusticias. Pero no es cierto, porque en alguna escala de esa igualdad se producirá una desigualdad, una injusticia. Esto para decir que las injusticias no son únicamente económicas y que las soluciones no se tranzan simplemente con la redistribución de cosas materiales.

Como dice Honneth, el hombre no solo pelea por tierra, agua, pan. Es reduccionista esta visión. Hay un conflicto social y no necesariamente por un bien material: todo conflicto es un conflicto de reconocimiento. Es decir que para ser sujeto, para configurarse como tal, debe ser reconocido, en relación con los otros. El ser humano tiene una necesidad de reconocimiento; no somos (existimos) sino en sociedad –hace parte de nuestro sino. Por lo esto, pues, ¿se trata de ser iguales y que, a la vez, cada quien tenga (y no solo material) lo que le corresponde? Si cuanto más se reivindica una diferencia más se excluye la igualdad, entonces, ¿qué clase de inclusión se pretende reivindicar? ¿A quién se le atribuye la injusticia? Se tilda como un resultado cultural, pero se dejan de lado las particularidades históricas que la caracterizan.

¿Acaso el multiculturalismo es algo nuevo? Yo diría que el término está de moda, porque realmente diferentes siempre hemos sido. En la reivindicación de esa diferencia se olvidan que están defendiendo la diversidad y se enfrascan en la “cultura” propia, de lo propio, de lo único que nadie más tiene, se niega el pluralismo y se contribuye a que prevalezca la separación y la desintegración, creando así cada vez más diversos grupos, aislados entre sí, cada uno con unos propios fines y estilos de vida

Ese mismo multiculuralismo introduce o refuerza la invisibilización (un aspecto de la injusticia): él reclama reconocimiento, un reconocimiento diferente del que sus “culturas” han hecho acreedoras. Lo cual choca con ese deseo hegemónico de que así se mantenga el sistema porque así funciona, y la estructura tal como está es indispensable para que todas sus partes funcionen.

Para finalizar, en consecuencia, podemos darnos cuenta de que no es fácil hallar puntos comunes puesto que todos los individuos estamos atravesados por múltiples identidades: no solo son 184 países, sino cinco mil grupos étnicos y seiscientos grupos lingüísticos. Y cada grupo cree que su subordinación es la más injusta. A los más no les interesan los menos (no solo por lo que no tengan sino por lo que no son). Y en el mismo piso de una pirámide se reproduce este modelo. Por lo tanto, pareciera una discusión “gangrenosa”, que no se sabe dónde se pueda cortar. Está bien que todos somos diferentes, pero por eso no dejamos de ser seres humanos, merecedores de respeto igual.

Hoy por hoy somos aproximadamente siete mil millones de habitantes en la Tierra, y es como si quisiéramos acomodar a veinte micos para una foto. ¿Cómo poner de acuerdo a los siete mil millones? La respuesta puede estar en el derecho. ¿Pero qué pasa cuando creemos que la ley no es para todos sino para unos “pocos”, porque aplicarla de igual forma –obviando las diferencias– equivaldría a ser moralmente injusta?

La actualización del sistema jurídico debe ir de la mano con un cambio de mentalidad, porque si no se produciría más odio entre esos que se llaman diferentes. Y para concluir, repito que es una discusión de nunca acabar. Pero para mí la clave está en la tolerancia, en la aceptación: todos somos diferentes pero pertenecemos a un mismo lugar, y por lo tanto no vale la pena crear rupturas ni aislarse. Para mí la solución no está en el multiculturalismo como valor supremo, sino como parte de un pluralismo, que promueve la integración de la diferencia. Tal como lo indica Sartori.


María Clara Navia Saavedra
Comunicación Social – Periodismo,
Filosofía Política como opción de grado

sábado, 10 de febrero de 2018

Las cortinas de Tutina

Imagen 1
Revista Jet Set
Se puede vestir con las cortinas de Palacio, y las revistas de moda se detienen a comentar los aciertos de sus atuendos. Se trata de un personaje público que ha sabido proyectar una imagen personal caracterizada por un estilo que expresa elegancia y sobriedad y que sabe adecuar a su edad y estilo de vida ciertas tendencias. Casas de moda representativas del país como Johanna Ortiz y Lina Cantillo se han encargado de vestirla para diferentes ocasiones internacionales, en donde ha dejado en alto la industria colombiana de la moda, según los expertos. Cabe resaltar que la elegancia y el estilo de Tutina han sido incluso comparados con los de Jackie Kennedy, un icono del estilo clásico. 

Imagen 2
Revista Caras
Tiene un estilo clásico, con tendencia hacia lo clásico-romántico. Como lo podemos ver en las imágenes, las vestimentas en su mayoría son vestidos femeninos y faldas tipo lápiz o en línea A hasta la rodilla, que se caracterizan por sus cortes limpios, los colores claros y la sutileza de sus adornos (perlas en el caso de la imagen 1 y volantes en el caso de la imagen 3). Las piezas icónicas de la primera dama son las faldas y los vestidos que usa hasta la rodilla -de colores básicos y cortes limpios y rectos-, los zapatos de tacón medio y los accesorios discretos, que sabe combinar con un maquillaje impecable.  
Imagen 3
Revista Cromos

Es visible que se trata de una mujer elegante, y es lo que su estilo refleja ante todo. Por otra parte, es la primera dama de la Nación colombiana: eso quiere decir que ante el país es la imagen matrimonial y familiar del presidente Santos (un hombre que también pertenece a una familia de clase alta cuyo apellido ha tenido una trayectoria histórica en periodismo y política); y ante el mundo es la imagen no solo de Colombia, sino de la mujer colombiana. 





jueves, 24 de agosto de 2017

Reflexiones en la Posmodernidad

Verónica Granados, Fundación Sonría

De los mismos creadores de Me enamoro esperando una devuelta y Me cogen la mano y creo que me van a pedir matrimonio, tras dos pruebas de embarazo negativas, llegó Pensé que iba a ser mamá.

♫Las manifestaciones artísticas contemporáneas nos invitan a un mundo muy singular: de desplazamientos vanguardistas, fragmentaciones fluctuantes y transgresión de distopías. Todo incluido y con la modalidad "all you can think".

♫La descolonización mental es una de las convenciones del discurso actual, que la comunidad posmoderna ha ido validando.

♫ Hasta escribir se concibe como un drama.

♫ La profunda diferencia entre lo cualitativo y lo cuantitativo en las humanidades y en una prueba de embarazo.

♫ En la adolescencia tardía, ser díscolo es una manía que se asume de manera natural. Por eso, los milénicos somos activistas de la “discología”.

♫ La publicidad es una enunciación ideológica del sujeto cuyo pretexto es el objeto; un lenguaje ideologizado en un debate polarizado.


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♫ Al ritmo de Despacito

jueves, 3 de agosto de 2017

Amaneció

20 de abril de 2017 

Curiosamente, como una canción que te gustaba, ese jueves “amaneció, y me encontré con que emprendiste un largo viaje; mi corazón se te escapó del equipaje y se quedó fue pa’ llenarme de recuerdos. [Me encontré con que] amaneció, y el gallo viejo que cantaba en la ventana […] no cantó pues tú no abriste la mañana, ¡y hasta el viento se devolvió porque no estabas!”.

A eso de las seis de la mañana, tú te ibas de este mundo terrenal, ma, mientras yo me dirigía hacia el lugar donde todos los días me mandabas con Dios y el Espíritu Santo: a dar clase. Frente a mis estudiantes, le eché la culpa de mi distracción a un par de días que llevaba sin dormir bien y a la cantidad de exámenes que no hacía mucho había terminado de corregir; pero parece que la verdad era que mi espíritu estaba muy lejos de ese tercer piso donde tenía clase todos los jueves: seguramente estaba contigo, acompañándote hasta las puertas del Edén, prometiéndote que todo estaría bien, para que así pudieras dejar tranquila ese cuerpo doloroso que tanto te hacía sufrir.

Aunque ese día no pensaba regresar a la casa después de clase, me pudieron más las ganas de dormir. Entonces, fue así como a las nueve de la mañana estaba abriendo la puerta, sintiendo el abrazo de mi tía, mientras en mis oídos hacía eco la voz de mi pa diciéndome que te habías ido. Aún estabas en tu cama, a menos de dos meses de cumplir 50 años de matrimonio, ya sin la cánula del oxígeno, pero con una cara de tranquilidad, que desde hacía mucho tiempo no tenías. Le agradecí a Dios por la perfección de sus planes, te agradecí a ti por la mujer que hiciste de mí y por la familia en la que me dejaste.

Y todo está bien, ma, pero sigue siendo muy pronto para no sentirme sola en un mundo en el que no le importo a nadie como te importaba a ti; sigue siendo muy pronto para ser consciente de que a mis 31 años me quedé sin mamá, que ya no serás la primera en saber cuando esté gestando una vida, que ya no te escucharé cuando me preguntes si estoy contentica o por qué estoy triste o queriéndome comprar una pelea. Y quizás nunca deje de ser muy pronto para reservarte exclusivamente a los recuerdos del corazón, para hablarte, escribirte y hacer una siesta en tu lado de la cama, para llorar a la madrugada y pedirte valor para seguir con una vida que no logro organizar del todo.


miércoles, 19 de abril de 2017

#10CosasQueOdioDeTinder

1. Que me haga dudar de la realidad, muy al estilo de Descartes. A veces creo que soy un fantasma, porque pasan siglos y no tengo ni un match.

2. Que los manes solo tengan una foto; y, peor, con gafas oscuras, artículo de Satán que hace ver divino a cualquier perico de los palotes.

3. Que nunca haya nadie a mi alrededor. Hello, ¿vivo sola en Cali?

4. Que no aparezca el segundo nombre de la gente y/o el apellido, porque -entre otras cosas- es bueno que uno vaya imaginándose el posible nombre completo de los futuros hijos.

5. Que nunca me encuentre al papacito de mi ginecólogo ni a la cosita rica miamor te amo del estudiante ajeno que ‘stalkeaba’.

6. Que al algoritmo le estalle de vez en cuando el Trastorno de Identidad Disociativa y me muestre a los hombres de mi vida que viven a 3.000 años luz de Colombia.

7. Que por ese fiasco de chat me enrede escribiendo que no soy una one night stand, y acabe explicando que del mismo modo en el sentido contrario.

8. Que tener Superlikes ilimitados sea más caro que liberar todas las pantallas en Mario Run.

9. Que no haya vuelta atrás (imagínese mi cara, después de haber deslizado al posible match hacia la izquierda, y oiga a James Blunt cantando al fondo “Goodbye, my lover…”).

10. Y que ninguno resulte ser una verdadera cita a ciegas, porque mínimo, mínimo, entre los dos hay 7.200 contactos en común.

lunes, 3 de abril de 2017

¿Cómo se llama el hermano enfermo de Hello Kitty? Bron Kitty

Imagen 1

El humor es esa causa más o menos duradera que provoca que alguien se muestre alegre o complaciente, y el hecho de que sea inherente al hombre marca la susceptibilidad de que aparezca en cualquier momento. Por eso se dice que el humor está sujeto a diversos agentes externos que pueden llegar a invocarlo, agentes que, a su vez, están adscritos en la cotidianidad y que forman parte de todos los temas, así en estos no haya lugar para lo cómico. Lo explicaré más detalladamente.

Para empezar, recordemos que desde el punto de vista de la lógica, como ciencia que expone las leyes, los modos y las formas del conocimiento científico, la razón o el pensamiento humano funciona según unos principios denominados lógicos, y todo discurso que se impone a la razón se basa en ellos para ser aceptado o refutado. 

Imagen 2
El lenguaje, verbal y corporal, está sometido a las reglas que coordinan la razón. Como todos los seres humanos –al menos la mayoría– compartimos una misma estructura del pensamiento, cuando yo me dirijo a alguien con un discurso lógico –es decir, basado en unas reglas mentales comunes: mías y de ese alguien–, lo estoy haciendo hacia una razón como la mía. En ese orden de ideas, si mi discurso cumple con dichas reglas lógicas, tendrá que ser necesariamente aceptado por el otro (así no lo comparta, a causa de sus convicciones, creencias, etc.).

Imagen 3
Entonces, la lógica vendría siendo una especie de máquina que no se equivoca a menos que, al enunciar un discurso o ejecutar una acción, el error lo introduzca el mismo hombre que la comanda. Por lo tanto, cuando un discurso o una acción no cumplen con esa lógica formal, el humor puede aparecer como una reacción a la incomprensión humana. Eso quiere decir que cualquier proposición, al no ser un manifiesto evidente, puede resultar en un discurso absurdo, irracional que puede llegar a provocar gracia o, incluso, hilaridad. Es el caso de las imágenes 1, 2 y 3: la incoherencia que percibe nuestra razón es la que detona la risa. 

Por otro lado, podríamos explorar el hecho de que todo tema sea susceptible de causar humor como un mecanismo de defensa. La fisiología de las emociones ha sido uno de los amplios sujetos de investigación de psicólogos y psiquiatras, quienes han concluido que la risa provocada por cualquier tema o situación (por trágica o seria que sea) es también un método de escape.

Freud diría que es el resultado de la liberación de la constante neurosis en la que vive sumida el ser humano, y que la incongruencia “del contenido verbal y la expresión verbal del sujeto” es a causa de un trastorno psicológico del individuo.

En ese sentido, la risa como respuesta emocional a una situación de tristeza, angustia, miedo, pánico, puede ser la manera de confortarla. En este caso, la carcajada se asocia con una crisis particular, es decir con una inestabilidad psicológica personal, y por eso resulta inexplicable para muchos que alguien se ría de la trágica caída de otra persona o del meme que Momentowtf hizo basado en los pensamientos de una persona deprimida (imagen 4).
Imagen 4

En última instancia, tal como Pascal expone en sus Pensamientos, uno de los fines de la humanidad es la felicidad y hacia eso están orientadas todas sus acciones. Entonces, par-tiendo de la necesidad ontológica de divertirse, la gracia y el humor no pueden estar exentos de la cotidianidad de nadie, consciente o inconscien-temente. 

Se dice que la condición humana en sí es miserable y desdichada y que, por lo tanto, el divertimento aparece como una manera de contrarrestarla, ya que le impide al hombre pensar en sus desgracias. Enton-ces, como el objetivo es vencer esa condición débil y mortal que surge cada vez que pensamos en nosotros mismos, la búsqueda de la felicidad se encarna en un sinnúmero de paliativos (como el dinero, los antidepresivos, el amor, el humor, inclusive la muerte) que se manifiestan de múltiples formas en la cotidianidad. Así, Langlois, personaje literario de la obra Un roi sans divertissement, de Giono, al no sentirse satisfecho emocionalmente con nada, decide imprimir su necesidad de humor –como componente básico de su felicidad– en la muerte. Y esa es la razón por la cual se convierte en un monstruoso asesino. 

En conclusión, el humor es una necesidad ontológica que se manifiesta espontáneamente al ser estimulada por aspectos externos, y es la responsable de que la cotidianidad pueda resultarnos inexplicablemente simpática, atractiva y colmada de humor. Las tres perspectivas descritas permiten reiterarlo.

viernes, 10 de marzo de 2017

Rojo, amarillo, verde. Otra vez rojo

Cali. Autopista con Guadalupe, Pasoancho con 66, Guadalupe con Novena, Autopista con Pasoancho, Novena con 50, 26 con Octava, 44 con Tercera Norte, Roosevelt con Guadalupe, 66 con 14… Por casi minuto y medio se recrea una realidad, la misma que se repite incontables veces al día, cientos de veces a la semana, miles de veces al mes, millones al año y quién sabe si será por toda la vida.

Los niños que hacen maromas uno encima de otro; el señor que baila con una marioneta, el que escupe fuego, el de los machetes, el del monociclo, el mimo; los que limpian parabrisas, venden emoticones de peluche, flores, calendarios Bristol, dulces, frutas, aguacates, cargadores para celulares, raquetas para matar zancudos, camisetas del Cali y del América o del Real y el Barça (los equipos de fútbol locales)…, entre otras miles de “posibilidades” sociales,  hacen parte de los protagonistas de esa parodia a la que se reduce su vida cotidiana: un circo bajo el sol, que no es propiamente El Circo Del Sol.

Un solo semáforo es suficiente para percibir fácilmente “La ciudad, las diferentes ciudades”, de la que tanto habla el sociólogo caucano Gildardo Vanegas: una ciudad victimizada por una violencia simbólica que hace que sus protagonistas tengan que estar en las calles fingiendo una vida, mientras que otros van en un carro totalmente enajenados a esa realidad que también consumen.

Y el acento lo quiero poner en esa articulación directa entre las dos ciudades: entre el que se acerca al carro en busca de un reconocimiento y el del carro que lo niega como ser humano, que lo toma como un figurante, como utilería de su mundo, de un mundo que pareciera diferente del de afuera, del que está parado al lado de su ventana, en una actitud suplicante.

Malas caras, palabras fuertes, regaños, gritos, amenazas, eventualmente armas… un pie en el acelerador, quizás una mano subiendo el vidrio y la otra en el pito, para disipar esa realidad de la que no queremos hacer parte, porque nos empeñamos en ignorar que los ahí presentes tuvieron otra posibilidad (porque en su vida eso de las “opciones” no es más que un privilegio al que no tienen acceso). Los niños, los señores, las mujeres, los ancianos…, todos están viviendo una posibilidad de supervivencia que desconocemos, frívolamente; e ignoramos cuán valientes tienen que ser para enfrentarse con una sociedad hostil que insiste en ser incompatible con la de ellos.

Desconsuelo; tal vez no sienten otra cosa más que un profundo desconsuelo: pena por no haber recibido aunque fuera una moneda, padecimiento por haber sido evadidos, dolor por haber sido ignorados y tormento por haber sido rechazados.

“Uno no es nadie para muchos como usted”, frase lapidaria que delata la tristeza de su vida reflejada en su cara. Muchos respondemos con sonrisas; otros con monedas; y pocos, con propuestas; pero quizás ninguno sienta de corazón que quienes están ahí detenidos en el tiempo esperando que paren los carros buscan una posibilidad diferente, así en muchas ocasiones su vida en el semáforo sea un negocio más que una verdadera necesidad.

Pero podríamos empezar por preguntarnos a qué se debe esta violencia simbólica de negación. ¿Qué nos hizo intolerantes, incomprensivos, individualistas, indolentes e insensibles? ¿Hasta qué punto la violencia se nos volvió una costumbre, un estricto reflejo? ¿Por qué nos empeñamos en ignorar la violencia simbólica como un síntoma de problemáticas mayores que radican en debilidades ya sea como (complejo) ser humano o como (simple) ciudadano? ¿Hasta cuándo seguiremos reconstruyendo, inocentemente, en nuestras prácticas lo que hemos heredado?

El semáforo vuelve a estar en rojo.

martes, 21 de febrero de 2017

Papi, se acabó el agua


Desde que tengo uso de razón nos están anunciando que la lucha por el agua podría ser la causa de la tercera guerra mundial; dicen que el 2070 todas las fuentes hídricas estarán agotadas para siempre.

En Cali, desde hace varios años, cuando llueve demasiado o cuando pasa mucho tiempo sin llover, se va el agua: o tenemos problemas con la potabilización del agua del río Cauca, que abastece al 70 % de la ciudad, o hasta los reservorios cruzan el umbral mínimo de almacenamiento.

Si una ciudad atravesada por siete ríos tiene problemas graves de abastecimiento del líquido vital, no me imagino qué está pasando en el resto del mundo. 

Hoy publico "Papi, se acabó el agua", un guion para radio hecho en 2007 por Conociendo el Mar Producciones, cuando la situación no estaba mejor que ahora.

Dicen que Colombia está vendiéndoles agua a otros países; mientras tanto, en muchos departamentos ya ha habido muertos por sed. 

#
CONTROL
DESCRIPCIÓN / CONTINUIDAD / PARLAMENTOS
TIEMPO
(s)
2
CONTROL
Cortina
5
3
VOZ TÍTULO
“¡Papi, se acabó el agua!”


4
CONTROL
Cortina
3
5
CONTROL
Ambientación sonido naturaleza de mañana.


VOZ NARRADOR
Un domingo soleado, a las 10:00 a.m., en la casa de la familia Roldán Castro…


6
DRAMATIZADO
VALENTINA
VOZ DESESPERADA
Papi, ¿dónde está el champú para bañar al perro?




CONTROL
Sonido tanque llenándose.


7
VALENTINA
VOZ DESESPERADA
¡Ya puse a llenar el tanque de agua!

8
VOZ PAPÁ
FASTIDIADO
¡Búsquelo! ¿Dónde lo dejó la última vez que bañó al perro? ¿Cuándo fue eso? El martes, ¿no? Pues ahí tiene que estar.
Venga más vale y ayúdele a su hermano a lavar el carro.



9
CONTROL
Efecto mmmmm



10
VALENTINA
VOZ RESPONDONA
¿Y por qué no lo ayuda usted? Yo voy a bañar a Crispeta.



12
PAPÁ
VOZ  REGAÑON

¿Es que no ve o qué? Estoy ocupado.


13
CONTROL
Sonido regadera

14
PAPÁ
VOZ QUEJA
Si yo no riego las matas todos los días, nadie lo hace.
Hágale y le doy $5000.

15
VALENTINA
VOZ ANIMADA
Mmmmm, ¡déle, pues! De una, pero démelos primero.

16
CONTROL

Sonido de monedas.
Efecto de niña corriendo  hacia un carro.
Sonido de exterior regadera.


17
VALENTINA
VOZ MOTIVADA

Sebastián, venga le ayudo, páseme esa manguera y deje de hacer dibujitos con el chorro.

18
VOZ  NARRADOR
Unos minutos después…


19
CONTROL
Efecto de chorro de agua fuerte.

20
MAMÁ
VOZ ALTERADA
¿Quién dejó abierta la llave del lavadero?
¡Valentina! Venga que se inundó el patio, y muévase que me tengo que ir a bañar.


CONTROL
Efecto de pasos hacia la ducha.
Efecto de toc toc.
Sonido de ducha.


MAMÁ
VOZ ALTERADA
Camilo, mijo, ¿qué hubo?  Hágale rápido que lleva 45 minutos en la ducha, se va a volver pescado.

21
PAPÁ
VOZ ATERRADO
¿Qué es esto? ¡Se inundó la cocina!





Efecto pasos en el agua,


PAPÁ
VOZ ATERRADO
¡¡¡Valentina!!! ¿Usted es que no escuchó a su mamá o qué?


PAPÁ
VOZ MURMULLO CON RABIA
Esta mocosa tan desobediente


PAPÁ
VOZ REGAÑO
Valentina del Pilar, ¿¿¿qué está esperando??? ¿Qué yo lo haga? No, señorita…, por mí se puede quedar abierta todo el día.


CONTROL
Pasos desvaneciéndose.
Chorro de agua desvaneciéndose.
Sonido de regadera y niños jugando.


PAPA
VOZ REGAÑO
¡¡¡Claro, qué va a obedecer, si está ‘ocupadísima’ jugando guerra de agua con los mellizos!!!


CONTROL
Sonido de regadera y niños jugando


PAPÁ
VOZ REGAÑO
¿Saben qué? Ya me di cuenta de que no se puede contar con ninguno en esta casa. Nos vamos ya para el río. ¡Yo mismo voy a lavar el carro!


CONTROL
Cortina
Efecto voz con eco.
3
22
VOZ NARRADOR
Año 2070



CONTROL
Sonido melancólico de fondo, se desvanece a 30 %, segundo plano.

23
X
VOZ MELANCÓLICA
Llevo tres días sin bañarme.




24
Y
VOZ DESESPERADA

¡¡¡Tengo sed!!!

25
Z
VOZ DESESPERADA

…¡¡¡Y la ropa no se lava sola!!!




X
VOZ INOCENTE
Papi, se acabó el agua.

26
CONTROL
Cortina
5
50
VOZ NARRADOR
Una producción de Conociendo el Mar Producciones:

Banco de voces: Cristhian Barragán
Guion: María Clara Navia, Diana Mosquera y Stevents Rojas
Musicalización y efectos: Liliana Ceballos
Investigación caritativa y cuantitativa: Diana Mosquera y Ángela Robledo